Bandai Namco intenta reinventar a Pac-Man en una clave oscura y misteriosa con Shadow of the Labyrinth, una entrega que se distancia del clásico arcade para ofrecer una mezcla entre plataformas, acción ligera y toques de metroidvania. La idea no suena mal sobre el papel: un protagonista reformulado, una historia con tintes sombríos y un compañero de origen desconocido. Pero como ha ocurrido en otras ocasiones con la compañía, parte de conceptos prometedores para luego ejecutarlos con torpeza y una alarmante falta de dirección creativa. El resultado: un juego que se siente vacío, simple y repetitivo.
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Una narrativa que pretende ser profunda

La historia gira en torno a Puck, una versión reinterpretada de Pac-Man, quien se alía con un misterioso acompañante para recuperar un objeto perdido hace treinta años. Desde el inicio se plantea una atmósfera más seria que la de cualquier entrega anterior, con diálogos que intentan sonar enigmáticos y una tensión constante sobre el pasado de ambos personajes. El juego se esfuerza por construir una intriga emocional que simplemente no tiene el peso suficiente.
El mayor problema no es tanto lo que se cuenta, sino cómo se cuenta. El ritmo narrativo es irregular, con escenas intercaladas que no aportan ni al desarrollo de personajes ni a la tensión de la trama. Lo que podría haber sido una historia de redención, secretos y reencuentros con el pasado, se convierte en una sucesión de conversaciones superficiales que nunca despegan. Y cuando finalmente se revela el origen del acompañante, la revelación llega tarde y sin impacto.
Jugabilidad que mezcla ideas, pero sin refinarlas

La propuesta combina combate en tiempo real, plataformas y progresión al estilo metroidvania. A lo largo del juego, Puck adquiere nuevas habilidades al absorber el poder de algunos jefes, lo que permite acceder a zonas previamente bloqueadas. Además, se incorporan algunos guiños al Pac-Man clásico, como secuencias en rieles o el consumo de esferas para activar mecanismos.
Todo suena atractivo en papel, pero una vez que tomas el control, la verdad se impone: el diseño jugable es pobre. El sistema de combate es simplista, sin profundidad ni sensación de impacto. Las habilidades desbloqueables no modifican sustancialmente la experiencia, y las secciones de plataforma no exigen precisión ni ingenio.
Peor aún es el diseño de niveles. En lugar de fomentar la exploración con múltiples rutas o secretos, el juego ofrece pasillos lineales con ramificaciones mínimas y sin recompensas que valgan la pena. Las zonas adicionales apenas contienen coleccionables irrelevantes o combates redundantes. No hay sensación de descubrimiento ni motivación para desviarse del camino principal.
Y si a todo eso le sumamos una dificultad casi inexistente, el panorama se agrava. Los enemigos son torpes, los jefes tienen patrones predecibles y vencen en pocos intentos, y la curva de aprendizaje es prácticamente inexistente. En ningún momento el juego representa un desafío, ni siquiera para jugadores poco experimentados. El progreso jugable, además, tarda demasiado en mostrar sus cartas, y cuando finalmente lo hace, ya es tarde para generar interés.
Un apartado visual que intenta ser maduro

Visualmente, Shadow of the Labyrinth abandona el colorido clásico de Pac-Man para sumergirse en tonos oscuros, texturas apagadas y escenarios lúgubres. La intención es clara: darle seriedad al mundo de Puck. Pero el resultado es una dirección artística insípida, sin personalidad ni estilo definido. Los escenarios se sienten reciclados y los enemigos, repetitivos. Hay una falta total de variedad visual, y eso se nota conforme pasan las horas.
Las animaciones cumplen, pero no destacan. Los jefes carecen de diseños memorables, y el acompañante —pieza clave en la narrativa— no transmite nada visualmente. Todo parece diseñado con prisa o bajo una visión conservadora, sin riesgos ni ambición real.
La banda sonora tampoco ayuda. Compuesta por temas ambientales genéricos y loops poco inspirados, apenas si cumple con acompañar las secciones de juego. No hay melodías destacadas, ni momentos donde la música eleve la experiencia. El diseño de sonido es funcional, pero completamente olvidable, al igual que el doblaje, que carece de emoción.
Apartado técnico
A nivel técnico, Shadow of the Labyrinth se mantiene estable. No hay bugs graves ni caídas notables de rendimiento. Tanto en consolas como en PC, el juego corre con fluidez, carga rápido y responde bien a los controles. Pero esto, en lugar de ser una virtud, solo resalta lo mediocre de todo lo demás: no hay fallos críticos, pero tampoco nada que valga la pena destacar.
Tampoco hay opciones que amplíen la experiencia. No hay modos extra, selector de dificultad ni incentivos reales para rejugar más allá de algunos objetos opcionales que no cambian nada. Una vez terminado, el juego se disuelve de la memoria sin dejar huella.
Otro concepto desperdiciado por Bandai Namco
Shadow of the Labyrinth es el reflejo de un problema ya recurrente en Bandai Namco: tomar propiedades queridas del pasado y exprimirlas sin una verdadera visión creativa. La idea de transformar a Pac-Man en un protagonista oscuro, dentro de un juego de acción narrativa, tenía potencial. Pero lo que ofrece este título es una experiencia genérica, superficial y carente de alma.
Su jugabilidad es básica, su historia no logra emocionar, y su dirección artística parece sacada del generador de “aventura indie sombría” número cinco. Ni siquiera como experimento resulta interesante. Es simplemente otro producto funcional que apunta a la mediocridad
